23.10.15

Ya se quitó el agua


El ovillo


En la azotea de mi casa tuvimos un osito al que le gustaba el fútbol


El último centinela


Dime

Ilustración para Editorial Robles: Imagen de Veracruz, Imagen del Golfo, Revista Llave

¡Cuánta emoción, mi regalo de cumpleaños!

Ilustración para Editorial Robles: Imagen de Veracruz, Imagen del Golfo, Revista Llave

Érase una vez un balón de fútbol que soñaba con ser algo más

Ilustración para Editorial Robles: Imagen de Veracruz, Imagen del Golfo, Revista Llave

Japón y la Ballena

Ilustración para Editorial Robles: Imagen de Veracruz, Imagen del Golfo, Editorial Robles


Así es la vida

Ilustración para Editorial Robles: Imagen de Veracruz, Imagen del Golfo, Revista Llave


La gallina de los huevos de oro

Ilustración para Editorial Progreso


Vampiros en la discoteca

Ilustración para Editorial Robles: Imagen de Veracruz, Imagen del Golfo, Revista Llave

Don Caimán

Ilustración para Editorial Robles



Autorretrato perozoso


En tu humedad la calma


De Beatles y Miseria






Era 1963, y nosotros de una pobreza absoluta. Sin fruto capaz de crecerle a los postes de luz, ni raíces aptas para derrotar la frialdad del pavimento; desde la remota infancia, mis hermanos y yo aprendimos, que no hay pobreza comparable a la de quienes se mueren de miseria en la ciudad.
La nuestra era una familia compuesta por nueve bocas siempre hambrientas, las de mis padres, apaciguando con peleas su desesperanza, además de las nuestras, siendo la mía, con trece años, la de mayor edad. Las disputa por el oxigeno entre cuatro paredes desbaratándose por la humedad era ardua; la gritería del drama diario, el único pan sobre la mesa; las trompadas con los niños ricos del barrio; el futbol y su igualdad incomparable; la mugre y las piltrafas de ropa heredadas al hermano menor; hacían de la convivencia cotidiana el mas claro ejemplo de los escalones que dan estatura de condena, a la mezquina escalera de nuestro escalafón social.
Por experiencia propia sostendré siempre que aquellos, quienes al igual que yo se han negado a envejecer aferrándose a su nostalgia, habrán de recordar por siempre, que el inicio de este vicio pernicioso de adorar a los fantasmas, mediante la invocación musical, comenzó aquel día, cuando percibimos en el viento la densidad de un ritmo con mucho de niebla y de tristeza, de amor y de delirio; acordes de guitarra capaces de hacer germinar la semilla libertaria en algunos y en otros el descubrimiento de la propia voz.
Fuimos nosotros, los jóvenes y los niños, quienes dimos con el origen de aquello que amenazaba ya en otros países con volver loco a todo el mundo, dejamos los trompos haciendo surcos en la tierra y las canicas tronando en su reacción nuclear. Nos dejamos guiar por el anzuelo ensartado en las orejas y aparecimos en tropel dentro del salitroso y fresco taller de sastrería del tío Emiliano, quien girando la perilla del volumen en su diminuto radio rojo, marcó con su greda suave el límite divisorio entre lo de hoy y lo que ya fue. Nos sentimos levantados del piso por un ritmo de tal belleza popular que incluso se dejaba acompañar por la labor de la máquina de coser, por los rollos de tela cayendo desmayados y por los carretes deshilvanándose en un estropicio de placer.
Salimos del cuarto de sastrería con el alma aún al filo del abismo, ansiosos, inquietos y con el compromiso de vida de estar junto a la radio todas las semanas, a la misma hora escuchando, además de lo ya escuchado, un tema semanal inédito, resultante de un par de años de desfase creativo por la censura oficial, seguido de la noticia que un tal John Lennon había sido un niño pobre, como nosotros, así de pobre, y que hoy quería llegar a ser tan grande y tan rico como el rey Elvis al mismo tiempo que a dos extraños apellidados Harrison y McCartney se les había visto paseando en un auto lujoso bajo la llovizna buscando una residencia que fuera de tres pisos, con salón de juegos y bosque dentro de la propiedad; que a un sujeto apodado Ringo le habían regalado un anillo coronado por un rubí del tamaño de un membrillo y que nuestra miseria se podía conjurar si lográbamos domar a la bestia de la música con las misma maestría con la que aquellos cuatro jóvenes de un puerto llamado Liverpool se habían sobrepuesto a la suya, a pesar de haber nacido al ritmo de las explosiones de la Segunda Guerra Mundial.
Hoy, a mis casi sesenta años, puedo decir con el corazón tranquilo, que nunca pude conjurar a la pobreza, con el chorreado bigote intacto de mi juventud y los ojos de animal soñador y triste, soy un solitario irremediable, caminante empedernido que va siempre de la mano de quién fué a los trece años, que enterró la niñez bajó un árbol para olvidarla luego por el bien de la sobrevivencia familiar y que todavía siente los ojos inundarse de recuerdos por el embrujo de los cuatro grandes y en la garganta aún mantiene el nudo del lazó con el que evitó desbarrancarse en la locura y que sigue bien atado a la música de aquella época, guiada por la voz de Los Beatles cantando lo que, sin saber su idioma, sabíamos entrañable como si fuera acerca de nosotros y del diario batallar por amar sin ser vencido y por no morirse de miseria en la ciudad.



Ilustración y cuento publicados en el periódico Imagen de Veracruz

Inseparables


Inténtalo

Ilustración para la revista Pininos de la UNAM



Jainita posando con torta de reptil ó M'ija, qué bonita tienes tu tortuguita


¿Qué pasión te domina?

Ilustración para Editorial Robles: Imagen de Veracruz, Imagen del Golfo, Revista Llave

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El Cadaver Ambulante Jr.
"El despojo de fucsia y oro"



MC Hip Hopelmazo



Mi Lic. Podriguez



Mortéa Testressa de todos los Restos



Leidi Carroña



Carnicelorio Estertor



Doña Extinta y su gato Funesto


 Despojos Metales



  Letarado Interfecto

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 Punkeitor Anarkeitor


Robugrunge



Mecha Macho



S1000 Pachucobot



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